Una mañana

Una mañana

Me levanté como de costumbre, sin saber lo que me esperaba, pero resultó que no fue tan así… Aquel no fue un día común. Pero bueno, no puedo empezar desde el final. Quiero que sepan que todo lo que vivimos fue tan horrible, que aún no encuentran los cuerpos de mis padres…

Toda la comunidad se había levantado feliz porque el precio de la “nieve” había subido. Nadie sospechaba que subiría tanto que nos terminaría ocultando entre sus disparos de terrones. Recuerdo que ese día, mi padre nos levantó para que desayunáramos juntos, estaba muy feliz y no dejaba de repetir “vamos a mejorar nuestra casita” y “tendremos para comer 3 veces al día ahora en adelante”. Cuando terminamos de comer, nos despedimos con la bendición y en el camino polvoso, se desvanecía la silueta de mi padre, a quien no volvimos a ver.

Me fui a mi cuarto, le comenté a mi madre que me dolía un poco la cabeza y que tenía un presentimiento raro sobre lo que estaba pasando, pero ella me dijo que no prestara atención, que por fin todo el sacrificio iba a dar resultado. Me recosté en la cama dura, de tablas y pedazos de cartón que se unían como rompecabezas, y me dispuse a dormir, hasta que mi madre me levantó con fuerza: “Levántate, guambra, que nos tenemos que ir. Ponte ropa y vámonos”. Sin preguntar, solo obedecí y me vestí. Me esperaba en la puerta de techos, esos que ya parecían caerse con el soplo de las noches frías. Empezamos a caminar rápido, como si estuvieras huyendo de algo, por el pedregoso y polvoso camino, y me pude percatar que íbamos para el trabajo de mi padre. No lograba entender. Estaba entre dormido y despierto, por lo que no sabía si era una ilusión o quizás estaba soñando. En la entrada, había mucha gente: las esposas y los hijos de los trabajadores la azucarera. Aún no entendía lo que pasaba, estaba muy confundido…

“Esto no es posible”, escuché a mi padre gritar, molesto y angustiado. “No podemos permitir que sigan abusando de su poder”, se escuchó entre todo el ruido de la gente. “No es posible que nos dejen en las mismas, mientras ellos se enriquecen, tomémonos el ingenio como forma de resistencia”, gritó un señor, muy alto, desde al fondo.

Todos comenzaron a entrar a la azucarera, como si fuera un hormiguero. Me encontré con unos amigos y les pregunté qué estaba pasando y me dijeron que tampoco sabían bien lo que estaba sucediendo, solamente habían escuchado que, entre murmullos de la comunidad, “esta fábrica no podría funcionar sin ellos” y que se la iban a tomar, para reclamar algo, aunque no sabíamos bien el qué. Pasó el día y nos sentamos a comer. Las señoras madres que estaban allí cocinaron para todos. Mientras comíamos, se escuchó bulla afuera, pasos, y uno que otro vehículo pesado. Se escuchó un golpe en la puerta y una voz que gritaba: “Salgan de aquí. Tienen 2 minutos para salir, la policía nacional se los ordena en estos momentos”. Yo estaba con mucho miedo, estaba temblando, tenía 15 años y no sabía qué hacer y no quería preguntar para que no se molestaran. Vi a todos alzar machetes y palos, quedándose quietos donde estaban comiendo. Pasaron menos de 2 minutos y la policía lanzó una granada que nos dejó sin poder respirar bien. A lo lejos se escuchó caer algo, como si fuera una gran piedra, en ese instante alcé la mirada y vi que eran los policías que habían tumbado la gran puerta. La gente que estaba allí ya no tenía nada en las manos porque se tapaban para no respirar aquel humo tóxico.

Vi al primer policía. Disparó al señor que había cerrado la puerta; otro, tiró una granada, mientras otros venían y golpeaban a la madre de uno de mis amigos, dejándola en el suelo, donde le cayó una bomba en el cuerpo, que quedó regado como pedazos de piedras de azúcar en todo ese espacio. Aún no entendía lo que pasaba, pero los disparos comenzaron a escucharse cada vez más y más fuertes. Mi padre me gritó que corriera y mi madre me había soltado para ponerse frente de mí. Yo corrí y corrí, esperando ver el final de la azucarera. Solo sabía, por mi padre, que al final había un riachuelo. Ese sería mi escape… Mientras lágrimas de azúcar caían de mis ojos, logré divisar el riachuelo, pero, a lo que me iba a lanzar, algo exploto detrás de mí, logrando lanzarme allí. Eso es lo último que recuerdo...

Texto escrito por Danny Foulks y editado por Sandra Matute


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