Balas de azúcar
Balas de azúcar
“Hoy será un buen me dije en mí”, me
levanté y le di un buen beso a mi esposa. Estaba muy alegre, no te miento. Mi
sonrisa era más brillante que el sol de esa mañana. Me senté, comí con mi
familia y me fui al trabajo. Me despedí y seguí por el camino de piedras. Tenía
que cruzar el riachuelo y mojarme, como siempre, los harapos, pero no me importó.
Siempre me enojaba eso; sin embargo, ese día era algo que no tenía relevancia.
Llegue y vi a algunos de los trabajadores afuera, como de costumbre reunidos
antes de trabajar. Escuché un grito: “No puede ser que nos hagan esto, que otra
vez nos tomen el por mushpa. ¡Se acabó esto!”. No logré entender el porqué
de todo ese griterío, parecía gallera.
“¿Qué está pasando?”, pregunté
alzando la voz, esperando que alguien me contestara. “¿No sabrás que nos vieron
la cara de mushpa nuevamente?”, respondió un trabajador de fondo. “No,
no lo sé y quiero saber”, le contesté algo angustiado. “Es que nos quitaron lo
que por ley nos pertenece y más lo que nos debían, ya no nos van a pagar”, dijo
otro trabajador entre la multitud. “¡Esto no funcionaría sin nosotros!”, grité.
“Vamos por nuestras familias. Hay que avisar a todos que nos tomaremos esta
azucarera”, dijo otro trabajador.
Algunos se quedaron y otros fueron
avisar a sus familias. Yo me quedé porque no quise avisar a mi esposa y a mi
niña; sin embargo, al cabo de un rato, las vi llegar. Mi esposa, con cara de angustiada, me dijo:
“Hombre no podía quedarme en la casa sabiendo lo que está pasando”. Su respiración
era rápida, casi palpitante, como si su corazón acelerado se debiera al consumo
excesivo de azúcar. Me dijo que un vecino fue a ver a su esposa e hijo, que le
preguntó qué pasaba y se lo contó. Sabía que yo no le diría nada hasta que
termine todo.
Comenzaron de a poco a entrar a la
azucarera, como si fueran una enjambre de abejas entrando a su colmena de
azúcar. Eran las seis de la mañana cuando tomamos el Ingenio de Aztra. Transcurrió
el día y no se escuchaba nada alrededor. Las mujeres se pusieron a cocinar,
mientras nosotros esperábamos una respuesta por parte del gobierno sobre
nuestros pagos. Ya para ese momento estaba enojado, angustiado y asustado por
mi familia. La comida estuvo lista alrededor de las cinco de la tarde. Nos
sentamos a comer. Mi familia y yo estábamos al principio de la entrada. A lo
lejos, se podía escuchar un camión que se acercaba de a poco y más allá, se escuchaba
a gente protestando. Se escuchó por un megáfono: “Tienen dos minutos para
desalojar este lugar”. Todos nos detuvimos, a modo de protesta. Comencé a ver a
mi alrededor, todos estábamos de pie con nuestros machetes, palos y piedras en
mano. Mi esposa y mi hija estaban delante de mí.
No pensé en lo que podría pasar,
solamente estaba decidido a reclamar lo nuestro. Recuerdo la puerta caer y un
gran estruendo, que alzó el polvo. Todos nos tapamos las caras. Se escucharon
disparos y vi caer a mucha gente delante de mí. Las balas, como granos de
azúcar afilados, atravesaban los cuerpos, incluyendo el de mi esposa e hija. Cayeron
al piso con varios hoyos en el cuerpo. Una explosión me tumbó a mí también y
ellas quedaron encima de mí. Su sangre corría por mi cara. Mi hija quedó encima,
con su carita mirándome, y los ojos abiertos diciéndome con su último respirar:
“Me duele, papi”. Yo no podía moverme, estaba herido en la pierna. Mi esposa tenía
media cara despellejada. Podía ver sus huesos o no sé qué era, pero,
definitivamente, ya no era su rostro. Su sangre se mezcló con el azúcar que
yacía en el sudor de mi cuerpo.
Escuché disparos y explosiones hasta
que, simplemente, ya no había nada más... Desperté en la sala de una casa, con
personas desconocidas. Nunca supe cómo llegue allí, solamente pregunté por mi
esposa e hija y me dijeron que solo me encontraron a mí, deshecho a la orilla
del riachuelo.
Texto escrito por Danny Foulks y editado por Sandra Matute
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