¿Azúcar o sal?

 

¿Azúcar o sal?

Se dice que solamente los trabajadores del Ingenio de Aztra fueron masacrados, pero no fue así. Estábamos tranquilos, todo el día transcurría como si nada pasara. Recuerdo que vi que la gente de las casas vecinas salía con alimentos, acompañados de todos los miembros de sus familias. Yo trabajaba con encargos, entonces no sabía si eran nuevos trabajadores o no; tampoco pregunté. Empecemos desde el principio, pues. Estaba limpiando la entrada de mi casa de la mala hierba, que crecía como la maldad en nuestro país. Eran alrededor de las 6 de la mañana cuando escuché la algarabía de la gente. Esos sonidos provenían de la dirección de la azucarera. No presté atención. Pensé quizás estaban apostando con sus gallos o qué sé yo. No le di más importancia. En eso, sale mi esposa: “¿Qué está pasando amor?”, me preguntó seriamente. “No sé, mi amor”, le contesté mientras seguía cortando la hierba. ¿Y no quieres ir a averiguar?”, me preguntó” No, no mi amor. Ya han de hacer silencio”, le contesté.

El día transcurría sin ningún tipo de problemas. Yo solo estaba matando el tiempo, ya que no había encargos que entregar: no tenía trabajo. Alrededor de las cinco de la tarde, se escucharon camiones llegar. Vi levantarse cortinas de polvo en el aire. También, se escucharon pasos como si de alguna marcha se tratase. No sabía qué pasaba. Mi esposa se asomó y me preguntó: “¿qué está pasando?”, No supe qué responderle, solamente me quede callado observando. Escuché un megáfono, pero no entendí qué dijeron. Luego, se escuchó un gran estruendo, como si un relámpago cayese sobre un gran árbol y lo tirase al suelo con fuerza. Entré a casa. Con mi esposa, nos ocultamos. No sabíamos qué estaba pasando, pero ella estaba embarazada y estaba nerviosa y temblaba. Tenía miedo de que nuestro bebé naciera en ese momento, así que le di un vaso con agua en la que mezclé azúcar y sal. Eso la calma, siempre lo hace. Además, aes algo a lo que le cogió gusto con el embarazo. Le dije que me espere, que quería ir a ver qué pasaba.

Cuando me disponía a salir de casa, se escucharon disparos y explosiones, gritos, y llantos. A lo lejos, escuché: “Ayuda, por favor, no nos maten”: También se escuchaban los lamentos de niños. Aún no entendía qué estaba pasando. Poco a poco, esos ruidos se fueron dispersando y desapareciendo con los disparos. Duró mucho rato, aunque no recuerdo exactamente cuánto, pero cuando todo se calmó, escuche una señora afuera de mi casa sollozando del dolor: “Ayuda, me duele… Mataron a todos…” Me asomé y logré que entre a mi casa. Le pregunté qué había pasado.

“¿Qué pasó? ¿Por qué esta así?, le pregunté rápido. “¡Ay mi niña! ¿Dónde estará?, dijo llorando y gritando. No lograba entender qué me estaba diciendo, así que esperé a que se calmara para volverle a preguntar. La vi toda golpeada, con sangre en sus ropas. Se desmayó y a los cinco minutos, volvió a despertar y le volví a preguntar: “¿Qué pasó? ¿Por qué está así?” “Mataron a todos dentro de la azucarera”, fue lo que me contestó con voz temblorosa. No creía lo que escuchaba, le dije a mi esposa que la cuidara que ya regresaría.

Mi esposa me dijo que no fuera, pero yo, sin hacerle caso, emprendí camino hacia la azucarera. Cuando estaba cerca, otra vez escuché los ruidos de disparos, pero ya no habían gritos ni lamentos, solamente voces a lo lejos, que decían: “¿Dónde lanzamos esto? Y los pedazos que hay, ¿dónde los tiramos?, ¿al riachuelo también?” Cuando logré acercarme más, me di cuenta que no era el único que estaba intentando llegar: había más gente de la comunidad. Vi policías y sentí alivio; sin embargo, al vernos, comenzaron a dispararnos a todos y a tirar bombas, y ahí entendí que los de los ruidos eran ellos y que no estaban allí para ayudarnos.

La gente corría. A mí, una bala me alcanzó en la pierna. Logré escapar y llegar a casa, mientras la sangre corría por mi pierna. Estaba débil, y cuando entré, mi esposa me vio y se asustó tanto que comenzó a sangrar. Nuestro bebé estaba por nacer. Le echó sal a mi herida, para que la sangre dejara de salir, y una cucharada de azúcar, para que no me vaya a desmayar; sin embargo, no sirvió de mucho, porque no recuerdo nada hasta que me levanté y lo siguiente que vi, o mejor dicho que no vi, me heló la sangre y me marcó para siempre: mi esposa no tenía barriga y tampoco un bebé en brazos.

Texto escrito por Danny Foulks y Sandra Matute

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